Andrés Velázquez: gobernar con turbulencia y pocos amigos.
Presidir la Junta de Gobierno del Congreso de Hidalgo no es un cargo que permita, digamos, hacer muchos amigos.
Es como ser reportero: conservas las amistades que se concretan con el paso de la vida y pierdes las que solo buscaban un beneficio.
Además, es, por definición, una posición expuesta al conflicto, a la negociación permanente, al reclamo de las bancadas, a las presione internas y externas y, desde luego, a las inevitables lecturas sobre el futuro político de quien ocupa esa silla.
No hay forma de conducir un órgano eminentemente político sin turbulencias.
Andrés Velázquez Vázquez llegó a su Segundo Informe de Actividades Legislativas arropado por el gobernador Julio Menchaca Salazar y por buena parte de la estructura política de Morena.
La imagen tiene peso y admite múltiples interpretaciones, pero también refleja algo más elemental: el diputado ha conseguido mantener abiertos los puentes necesarios para gobernar un Congreso donde la mayoría no elimina la pluralidad ni vuelve innecesario el acuerdo.
Esa quizá sea una de las tareas menos visibles de su gestión.
Tener los votos suficientes no equivale a tener siempre la razón ni garantiza la estabilidad política. La conducción de un Congreso exige moderación, cálculo, paciencia y, sobre todo, entender que las minorías también forman parte de la institución.
Velázquez Vásquez ha sabido transitar por ese terreno con atingencia, sensatez y comedimiento hacia las demás fuerzas políticas, sin convertir cada diferencia en una batalla personal. A pesar de su partido.
Naturalmente, ha habido reclamos, tensiones y decisiones controvertidas. Pretender lo contrario sería desconocer la naturaleza misma del Poder Legislativo.
La política parlamentaria está hecha precisamente de desacuerdos. El mérito no consiste en evitar que existan, sino en impedir que se vuelvan inmanejables. Hasta ahora, Velázquez ha logrado mantener el Congreso dentro de márgenes razonables de gobernabilidad.
Y en política, eso también construye futuro. Sus aspiraciones —cualesquiera que terminen siendo— parecen avanzar por una ruta favorable no solamente por la cercanía con el poder estatal o por la fuerza de su partido, sino porque ha cultivado una característica que suele resultar más útil que cualquier discurso: relaciones.
Hay una frase que Andrés Velázquez suele asumir como filosofía de vida: “a la vida se viene a hacer amigos”. En la política hidalguense, donde los adversarios de hoy pueden ser los aliados de mañana (sobre todo en Morena) y donde las rupturas suelen cobrarse con intereses, la sentencia tiene mucho más de estrategia que de ingenuidad.
Porque quizá Velázquez entendió algo esencial: los cargos terminan, las mayorías cambian y las coyunturas pasan. Los puentes, cuando se construyen bien, suelen durar bastante más.
Ojalá así sea.


