El Correo de las Brujas.

El Correo de las Brujas.

No, no es que se haya quedado sin “luz” la Comisión de Derechos Humanos de Hidalgo, es que no hay nadie con “luz” ahí. 

Resulta que ayer domingo, y aún en las primeras horas de este lunes, gran parte de la colonia San Cayetano, en Pachuca,  se quedó sin servicio de energía eléctrica.

Alrededor de 15 horas los habitantes de ese sector de la capital del estado quedaron en penumbras y cuando algunos vecinos llamaron a la Comisión Federal de Electricidad no recibieron atención ni respuesta.

Y cuando acudieron a la CDHEH pues…tampoco. Resulta que les dijeron que como la CFE es una instancia de carácter federal, no pueden hacer nada.

Vaya retroceso, vaya desidia. En los mejores momentos de la CDHEH, las personas podían quejarse en contra de instancias federales, se recibía su queja, se les daba la atención debida y posteriormente se turnaba el caso a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Qué penosos momentos para los derechos humanos en Hidalgo y en México.

Entre el “hermano incómodo” (y además, francamente desubicado) y la gran cantidad de “tiradores” y gatilleros que hay, el alcalde de Mineral de la Reforma, Eduardo Medécigo, libra una batalla de siete floretes.

Servidores públicos que desatienden sus labores y meten mano en proceso partidistas, como Irám González; expriistas que buscan meter mano a como de lugar, como Israel Félix y recaderos formales e informales han convertido al Municipio en una zona de guerra muy barata. 

En las postrimerías de los gobiernos municipales, sin duda incrementará la ansiedad, la obsesión y la necedad de esos personajes por llegar al poder.

En Pachuca crece una desesperación muy particular: la de quienes pasan cada vez más tiempo atrapados en el tránsito dentro de su automóvil. Las filas se alargan, los trayectos que antes tomaban veinte minutos ahora pueden consumir el doble y cada semáforo parece convertirse en una prueba de paciencia. El enojo es comprensible. Lo curioso comienza cuando la solución que algunos encuentran consiste en exigir todavía más espacio para los autos.

La escena recuerda, con todas las licencias del caso, aquella célebre frase atribuida a María Antonieta: si el pueblo no tiene pan, que coma pastel. Porque desde la comodidad relativa de un automóvil particular resulta sencillo mirar el carril confinado del Tuzobús y preguntarse por qué está “vacío”, por qué no se abre a los vehículos o por qué quienes conducen deben soportar congestionamientos mientras ese espacio permanece reservado para el transporte público.

Solo que del otro lado de la ventanilla hay una realidad bastante menos cómoda. Miles de personas dependen todos los días del Tuzobús y del transporte colectivo para llegar al trabajo, a la escuela, al hospital o de regreso a casa. También esperan. También pierden horas de su vida trasladándose. Pero lo hacen de pie en una estación, bajo el sol o la lluvia, apretados dentro de una unidad y sin la posibilidad de encender el aire acondicionado, escuchar música tranquilamente o cambiar de ruta cuando el tráfico se complica.

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