Poder con Propósito

Poder con Propósito

El poder de redibujar el territorio

Por Yarely Melo

Hay decisiones públicas que cambian un municipio durante décadas.

El cambio de uso de suelo es una de ellas.

Porque modificar el territorio jamás ha significado solamente mover líneas en un plano. Significa redefinir el valor económico de la tierra, alterar la movilidad, aumentar la presión urbana, transformar el acceso al agua y, muchas veces, cambiar para siempre la relación entre una comunidad y su espacio.

Por eso el territorio nunca ha sido neutro.

Quien controla el territorio, controla buena parte del poder.

Y esa verdad, aunque pocas veces se diga de forma abierta, atraviesa la historia política de las ciudades. El filósofo francés Michel Foucault advirtió que el poder no opera únicamente desde las leyes o las instituciones visibles, sino también desde la manera en que se organiza el espacio, se distribuyen los cuerpos y se regula la vida cotidiana. El territorio no es solo geografía; es una forma de control.

En el ámbito municipal, eso se traduce en decisiones que parecen técnicas, pero que en realidad son profundamente políticas.

Porque detrás de un cambio de uso de suelo no solo existe una modificación administrativa. Existe una definición sobre quién podrá crecer, quién obtendrá beneficios económicos y quién absorberá las consecuencias del desarrollo.

Ahí comienza una de las discusiones más incómodas del poder público.

¿Quién decide realmente cómo crecerá un municipio?

En teoría, el crecimiento urbano debería responder a planeación, sustentabilidad y bienestar colectivo. Pero en la práctica, muchas veces el desarrollo se presenta como una narrativa incuestionable, donde cualquier cuestionamiento parece un obstáculo para el progreso.

Y ese es uno de los riesgos más peligrosos del poder.

Confundir crecimiento con bienestar.

El geógrafo y urbanista David Harvey ha explicado cómo las ciudades modernas se han convertido en espacios donde el capital encuentra nuevas formas de acumulación a través del territorio. La tierra deja de ser solamente espacio habitable y se convierte en mercancía estratégica. Bajo esa lógica, las decisiones urbanas pueden multiplicar fortunas privadas desde lo público.

Una votación puede cambiar el valor de miles de metros cuadrados.
Una autorización puede transformar por completo el destino económico de una zona.
Una modificación territorial puede beneficiar a ciertos sectores durante generaciones.

Y todo eso ocurre desde decisiones aparentemente administrativas.

Por eso el problema no comienza cuando llega el inversionista.

El problema comienza cuando el Cabildo deja de preguntarse si el crecimiento beneficia realmente al interés público.

Porque ahí es donde el poder pierde su dimensión ética.

Cuando el territorio deja de pensarse como espacio de comunidad y empieza a administrarse únicamente como oportunidad económica, el municipio entra en una lógica donde el desarrollo puede avanzar sin planeación suficiente, sin infraestructura adecuada y sin capacidad real de sostener sus propias consecuencias.

Entonces aparecen los problemas que después se vuelven visibles para todos: escasez de agua, saturación vial, deterioro ambiental, crecimiento desordenado, presión sobre los servicios públicos y comunidades desplazadas silenciosamente por dinámicas económicas que nunca discutieron.

Y lo más delicado es que muchas de esas decisiones sobreviven incluso a quienes las votaron.

Porque el territorio mal planeado puede perseguir a una ciudad durante generaciones.

Ahí es donde el papel del Cabildo adquiere una dimensión mucho más profunda de lo que normalmente se reconoce.

No como simple órgano administrativo.
No como espacio para validar proyectos.
Sino como uno de los últimos muros de contención entre el interés público y la captura privada del territorio.

Gobernar no es solamente permitir crecimiento.

Es decidir qué tipo de ciudad se está construyendo.
Para quién se construye.
Y quién terminará pagando el costo de esas decisiones.

Porque al final, el verdadero poder no siempre se ejerce desde los grandes discursos.

A veces se ejerce desde algo aparentemente más silencioso:

la capacidad de redibujar el territorio.

 

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