El poder le teme al control
El problema nunca ha sido la existencia del control.
El problema es cuando el control… es real.
Porque el poder, por naturaleza, no se autorregula.
Como Michel Foucault, lo describe el poder no es algo que se posee… es algo que se ejerce. Y todo ejercicio de poder tiende a expandirse si no encuentra límites.
Ahí es donde aparece el control. No como obstáculo.Sino como condición de existencia del propio Estado.
Un Órgano Interno de Control que funciona no revisa trámites. Interrumpe inercias.
Hace visible lo que el poder prefiere mantener en la penumbra:
Decisiones sin sustento.
Procesos simulados.
Omisiones estratégicas.
Y eso incomoda.
Porque, como planteó Hannah Arendt, el mayor riesgo del poder no es la maldad abierta…
Es la normalización de lo incorrecto.
Lo que se repite. Lo que nadie cuestiona. Lo que se vuelve cotidiano.
Por eso el control real genera resistencia. No porque sea excesivo. Sino porque rompe esa normalidad.
En la práctica, muchos gobiernos no eliminan el control.
Lo rediseñan para que no incomode.
Órganos sin autonomía.
Estructuras sin separación de funciones.
Procedimientos que aparentan legalidad, pero no la garantizan.
Y entonces ocurre algo más profundo que una falla administrativa. Se produce lo que Byung-Chul Handescribiría como una forma de poder que ya no necesita imponerse…porque ha sido interiorizado.
El control deja de operar desde la ley…
y empieza a diluirse en la costumbre.
El resultado es un sistema que parece funcionar. Pero no controla.
Aquí está el punto crítico: Cuando el control desaparece, el poder no se fortalece.
Se desordena. Porque el control no limita al poder.Lo define.
Sin control, el poder deja de ser institucional.
Se vuelve discrecional.
Y lo discrecional, tarde o temprano, se convierte en arbitrariedad.
Montesquieu lo planteó con claridad siglos antes: el poder solo se contiene con poder.
Sin contrapesos, no hay equilibrio. Hay concentración. Y la concentración del poder tiene una consecuencia inevitable: El silencio.
No el silencio como ausencia de ruido.
Sino como ausencia de cuestionamiento.
Cuando nadie revisa… nadie responde.
Y en ese punto, la administración pública deja de existir. Lo que queda no es gobierno. Es gestión del encubrimiento.
Por eso el problema nunca fue el Órgano Interno de Control. El problema es que un OIC que funciona…rompe acuerdos.
Y el poder, cuando tiene que elegir entre legalidad y comodidad…casi siempre intenta elegir comodidad.
Pero la ley no está diseñada para ser cómoda. Está diseñada para contener.
Quien debilita el control no está evitando conflictos.
Está posponiendo consecuencias.
Porque lo que no se revisa dentro…
se impone desde fuera.
Auditorías.
Tribunales.
Responsabilidades.
Y ahí ya no hay narrativa que alcance.
La ley exige contrapesos. Y sin contrapesos… no hay administración pública.
Hay administración del silencio.
Soy Yarely Melo
Poder con Propósito


