Por qué Los Tigres del Norte son mejores que The Beatles y México que Inglaterra.
El México-Inglaterra del próximo domingo, en el Estadio Azteca, pertenece a la categoría superior a el lugar común de “el futbol es lo más importante de lo menos importante”.
No es que el balón vaya a resolver los capítulos más oscuros del imperialismo británico, pero tampoco deja de ser una oportunidad para recordar que el país que inventó el futbol también dedicó buena parte de su historia a conquistar territorios y extraer riquezas ajenas.
Confieso, además, un pecado futbolístico: Inglaterra es el único rival frente al que, sin demasiados remordimientos, apoyaría a Argentina. A pesar de Messi y sus árbitros.
La Guerra de las Malvinas dejó cicatrices demasiado profundas como para que uno permanezca completamente neutral cuando la pelota rueda entre ambos. Arriba la metáfora de “la mano de Dios”.
Pero dejemos la geopolítica un momento y vayamos a terrenos donde México no necesita VAR para ganar.
Por ejemplo, la música.
Perdonarán los fieles devotos de The Beatles, pero uno escucha a Los Tigres del Norte y entiende que la verdadera universalidad artística no consiste en vender millones de discos, sino en narrar la vida de millones de personas.
Mientras el cuarteto de Liverpool revolucionó con armonías impecables, innovación de estudio y melodías inmortales, “los incansables” construyeron la banda sonora de la migración, del trabajador, del campesino, del barrio y de quienes aprendieron que una frontera puede dividir países, pero nunca las canciones. Unos cambiaron la historia del rock; los otros lograron que medio continente se reconociera en un acordeón y un bajo sexto. No es poca cosa.
Y si hablamos de gigantes, el inmortal Juan Gabriel no necesitó un piano de cola, castillos ingleses ni lentejuelas para convertirse en patrimonio sentimental de Hispanoamérica.
Elton John es un compositor extraordinario, dueño de un catálogo brillante y de una elegancia escénica difícil de igualar.
Pero don Alberto Aguilera Valadez escribió himnos capaces de acompañar bodas, funerales, reconciliaciones, despechos y fiestas patronales con la misma naturalidad.
Juan Gabriel armonizaba la instrumentalización orquestal y vernácula con magistral simetría.
Hay artistas exitosos y hay fenómenos culturales. Él pertenece a la segunda categoría.
En el cine también tenemos con qué responder.
Mientras el impecable James Bond salva al planeta rodeado de autos imposibles, relojes explosivos, laboratorios secretos y presupuestos que harían llorar a cualquier Secretaría de Hacienda, el Patrullero 777 resolvía los problemas con ingenio, sentido común y una humanidad que ningún dispositivo de espionaje puede fabricar.
Bond siempre llega impecablemente peinado después de destruir media ciudad. Cantinflas apenas logra conservar el uniforme, pero termina defendiendo a la gente común con esa mezcla irrepetible de picardía, improvisación y sentido de justicia que solo él podía convertir en comedia. Si de proteger al pueblo se trata, uno lo hace con un Aston Martin; el otro, con puro talento.
Y llegamos al futbol.
Inglaterra sigue viviendo de aquel Mundial de 1966 como quien conserva en la sala el retrato de un tío que fue campeón de dominó hace seis décadas. Desde entonces ha producido generaciones brillantes, ligas multimillonarias y expectativas monumentales, pero apenas una estrella sigue bordada en su camiseta.
México, en cambio, atraviesa uno de esos momentos que el futbol concede muy de vez en cuando: un país ilusionado, un Mundial en casa y una afición convencida de que la historia, por una vez, podría decidir ponerse de este lado.
Quizá sea optimismo desbordado. Quizá sea simple romanticismo futbolero. Pero el domingo el Azteca no recibirá únicamente a once jugadores ingleses.
También recibirá a una nación acostumbrada a sentirse protagonista frente a otra que disfruta recordándole al mundo que, cuando el balón empieza a rodar, los imperios pesan mucho menos que un buen primer toque.
Y si además les ganamos a los siempre seguros de sí mismos británicos, no diremos que habremos cobrado la factura de la historia.
Aunque, aceptémoslo, muchos lo celebraremos como si fuera un pequeño anticipo.
¡Vamos muchachos!


