Cuando el Informe de Gobierno deja de rendir cuentas
Por Yarely Melo Rodríguez
Hay una escena que se repite cada año en muchos municipios del país: pantallas gigantes, producción audiovisual, invitados especiales, primera fila reservada, fotografías, música, discursos y aplausos.
Muchos aplausos.
Y, en medio de todo eso, una pregunta incómoda:
¿Dónde quedó el informe?
Porque informar no es proyectar un video con las mejores obras del año. Tampoco es enumerar acciones, entregar cifras cuidadosamente seleccionadas o convertir la gestión pública en una historia de éxitos.
Un Informe de Gobierno debería ser otra cosa: el momento en que el poder explica qué hizo, cuánto gastó, qué resultados obtuvo, qué no pudo cumplir y por qué.
La Constitución construye el marco de un municipio gobernado por un Ayuntamiento, sometido a principios de transparencia y publicidad. Son las leyes municipales de cada entidad las que concretan la obligación de rendir periódicamente el estado que guarda la administración.
Y esa diferencia importa.
Porque el informe no pertenece al presidente municipal.
Pertenece a la institución.
No es el informe de una persona sobre sí misma. Es la rendición de cuentas de una administración frente al Ayuntamiento y frente a la ciudadanía.
Sin embargo, poco a poco hemos permitido una extraña transformación: la rendición de cuentas se convirtió en producción política.
Y entonces comenzamos a medir el éxito del informe por el número de asistentes, la calidad del escenario, los invitados, el video, el mensaje y hasta el aplauso final.
Pero el aplauso no es una unidad de medida de la administración pública.
La pregunta seria es otra:
¿Cuánto se presupuestó?
¿Cuánto se ejerció?
¿Qué metas establecía el Plan Municipal de Desarrollo?
¿Cuáles se cumplieron?
¿Cuáles no?
¿Hubo subejercicios?
¿Hubo modificaciones presupuestales?
¿Qué resultados produjeron realmente los millones gastados?
Eso es informar.
Pierre Rosanvallon, uno de los pensadores contemporáneos más lúcidos sobre democracia, ha explicado que las democracias actuales no pueden descansar solamente en elegir gobernantes. Necesitan también vigilancia, evaluación y control permanente del poder.
Ahí está el punto.
Una elección entrega legitimidad para gobernar.
No entrega permiso para gobernar sin explicar.
Por eso me preocupa menos que un Informe de Gobierno tenga luces, pantallas o invitados, que lo que puede esconderse detrás de ellas: la sustitución silenciosa de la rendición de cuentas por una narrativa de gobierno.
Porque una obra puede inaugurarse y no haber resuelto el problema.
Un presupuesto puede ejercerse y no haber producido resultados.
Una administración puede presentar cientos de acciones y seguir sin contestar la pregunta esencial:
¿Está mejor el municipio después de gastar ese dinero?
Esa tendría que ser la conversación pública después de cada informe.
El Cabildo tendría que analizar.
Las y los regidores tendrían que preguntar.
Las cifras tendrían que contrastarse.
Los resultados tendrían que poder verificarse.
Porque cuando nadie pregunta, nadie contrasta y nadie explica, puede haberse cumplido el ceremonial.
Pero eso no significa que se hayan rendido cuentas.
Y quizá ahí se encuentre la mayor perversión del Informe de Gobierno: hemos convertido un instrumento diseñado para que la ciudadanía examine al poder, en un escenario donde el poder se aplaude a sí mismo.
El problema, entonces, no son las pantallas.
Ni las sillas.
Ni siquiera el evento.
El problema comienza cuando el espectáculo ocupa el lugar del escrutinio.
Gobernar también significa aceptar el incómodo momento de explicar lo que no salió bien.
Porque rendir cuentas no es contar lo bueno.
Es responder por todo.
Y cuando un gobierno necesita más escenografía que evidencia para explicar sus resultados, quizá la pregunta ya no sea qué informó.
La pregunta es:
¿Qué evitó que miráramos?
Yarely Melo Rodríguez
Poder con Propósito


