Cuando la planeación se convierte en simulación
Por Yarely Melo Rodríguez
Existe una idea profundamente arraigada en la administración pública: creer que la planeación comienza cuando se redacta un documento.
Por eso, cada inicio de gobierno viene acompañado de diagnósticos, foros, mesas de trabajo, consultas ciudadanas y planes de desarrollo cuidadosamente presentados como la ruta que seguirá una administración durante los próximos años.
Y, sin embargo, muchos municipios continúan enfrentando exactamente los mismos problemas.
Falta de agua.
Infraestructura insuficiente.
Movilidad deficiente.
Crecimiento urbano desordenado.
Servicios públicos rebasados.
La pregunta entonces resulta inevitable:
¿qué falló?
Durante mucho tiempo hemos pensado que el problema aparece cuando los gobiernos dejan de cumplir sus planes. Pero esa explicación, aunque cómoda, es insuficiente.
Porque existe una verdad más incómoda.
El problema no comienza cuando el gobierno deja de cumplir el plan. El problema comienza cuando el plan nunca logró comprender la realidad que pretendía transformar.
Ahí está la verdadera fractura.
Muchos municipios planean. Pero no necesariamente comprenden.
Recopilan información. Pero no siempre generan conocimiento.
Organizan consultas. Pero no necesariamente identifican prioridades.
Escuchan necesidades. Pero pocas veces construyen una visión clara del territorio que gobiernan.
Y cuando eso ocurre, la planeación deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un requisito administrativo.
La simulación comienza cuando el documento sustituye al entendimiento.
Porque planear no consiste en llenar formatos.
No consiste en recopilar peticiones.
No consiste en elaborar diagnósticos extensos que pocas personas volverán a consultar.
Planear implica comprender.
Comprender cómo vive la población.
Comprender qué problemas son estructurales y cuáles son coyunturales.
Comprender qué capacidades tiene el municipio y cuáles son sus limitaciones.
Comprender qué tendencias ya están ocurriendo,aunque todavía no sean visibles para todos.
Comprender, incluso, los riesgos que aún no se han materializado.
Esa es la diferencia entre gobernar y reaccionar.
Cuando un gobierno comprende su realidad, puede anticiparse.
Cuando no la comprende, se limita a responder a las crisis conforme aparecen.
Y entonces la improvisación se vuelve permanente.
Se construyen obras que no resuelven los problemas de fondo.
Se distribuyen recursos sin una lógica clara de largo plazo.
Se atienden urgencias que pudieron haberse previsto años atrás.
Se multiplican los esfuerzos sin transformar las causas.
Y los ciudadanos observan cómo las administraciones cambian mientras los problemas permanecen. La improvisación no siempre comienza cuando se toma una mala decisión.
Muchas veces comienza mucho antes. Comienza cuando nadie entendió correctamente el problema que intentaba resolver.
Por eso la planeación no debería medirse por la calidad del documento final. Debería medirse por la calidad de las preguntas que se hicieron antes de escribirlo.
Porque ningún municipio puede construir un buen futuro si primero no comprende con precisión su presente. Y ningún gobierno puede transformar una realidad que nunca logró entender.
Gobernar no consiste en adivinar el futuro.
Consiste en comprender suficientemente bien el presente para prepararse para él. Porque cuando la planeación deja de ser una herramienta para entender el territorio y se convierte únicamente en un requisito para cumplir, el gobierno deja de construir futuro.
Y comienza simplemente a reaccionar al presente.
Poder con Propósito


