Suponiendo…sin conceder.

Suponiendo…sin conceder.

—¡Mueran los diputados!

—¡Abajo los ministros!

—¡A la horca con los policías!

El escritor florentino Giovanni Papini imaginó, en su obrar El libro negro, un “congreso de los Panclastaas”, es decir, los “destructores universales”: hombres para quienes nada merece conservarse porque toda institución, toda norma y toda autoridad representan una forma de opresión. 

Su discurso es sencillo y por eso mismo seductor: si algo existe, debe ser demolido; si alguien gobierna, debe ser combatido; si hay reglas, hay que romperlas. No importa demasiado qué venga después.

Conviene recordar a Papini ahora que comienzan las campañas políticas. La competencia electoral necesita crítica, contraste y oposición. Lo que no necesita son panclastas: candidatos cuyo único programa sea incendiar simbólicamente cuanto toca el adversario. Porque entre señalar lo que está mal y sostener que todo está mal existe una diferencia enorme. 

La primera actitud sirve para corregir gobiernos; la segunda sirve apenas para fabricar enemigos. 

O perder amistades, ya en el colmo de lo ridículo. 

La política mexicana conoce bien esa tentación. Cada cambio de administración suele venir acompañado de la necesidad de declarar inútil todo lo anterior. 

Y de repintarlo, faltaba más. 

Programas, instituciones, obras, decisiones públicas y hasta personas quedan sometidas a una curiosa prueba de pureza: si fueron creadas por el contrario, entonces deben estar equivocadas. 

Y la campaña electoral exacerba ese vicio porque destruir reputaciones resulta mucho más fácil que explicar conceptos, presupuestos, plazos, costos y soluciones.

El problema del “panclasta electoral”, permítaseme la utilización del término, no es que critique demasiado, sino que termina por vaciar de contenido la crítica. 

Cuando todo es corrupción, nada termina por distinguirse; cuando todos son traidores, la palabra pierde significado; cuando cualquier diferencia convierte al otro en enemigo, la democracia deja de ser competencia y se vuelve una guerra de exterminio verbal. 

Y después de una campaña construida sobre la demolición llega el incómodo momento de gobernar aquello que previamente se aseguró que no servía para nada.

Las campañas que comienzan deberían tener adversarios, no enemigos; cuestionamientos, no inquisiciones; memoria, pero también propuestas. Criticar al gobierno en turno es obligación de quien aspira a sustituirlo, igual que defender resultados corresponde a quien pretende continuar. 

Un país, un estado o un municipio no se gobiernan desde una tribuna gritando “¡mueran todos!”. 

Y quizá ésa sea una buena exigencia para los próximos meses: que haya oposición, debate, confrontación y hasta dureza. 

Pero, Panclastas, no.

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