El alma priista de Morena sale a flote.
En la inteligencia de que está conformado casi enteramente por expriistas, Morena construyó una narrativa de “fuerza arrolladora”, de una maquinaria electoral capaz de ganar cualquier elección, en cualquier territorio y bajo cualquier circunstancia.
La victoria presidencial de 2024 y el control de la mayoría de los gobiernos estatales parecían confirmar esa tesis.
El priismo auténtico sabe que la política tiene una regla elemental: ninguna hegemonía es eterna.
Los resultados de las elecciones locales recientes dejaron datos que la oposición celebra y que Morena intenta a toda costa relativizar. Minimizar mordiéndose los labios y enjugando las lágrimas.
En Veracruz, el partido gobernante perdió alrededor de 800 mil votos respecto de procesos anteriores.
En Durango cayó hasta el tercer lugar. En Coahuila, la diferencia fue todavía más evidente: la oposición se impuso con una ventaja de dos a uno.
El común denominador es la inutilidad política del Jr del bienestar, Andy López Beltrán.
Cada partido tiene derecho a construir su propia interpretación de los resultados.
Morena insiste en que sigue siendo la principal fuerza política del país. Lo es.
La oposición sostiene que comenzó el desgaste de un movimiento que parecía imbatible. También tiene argumentos para sostenerlo.
La oposición encontró en estos resultados una razón para festejar después de una larga cadena de derrotas. No se trata solamente de municipios o congresos locales.
Lo que celebran es haber roto el relato de la invencibilidad.
Y claro que lo rompieron.


