Mucho ha pasado desde el triunfo de México contra Chequia. Demasiado.
Hay algarabía en todos lados. Javier Aguirre ya debutó a la mayoría de los jugadores y les dio minutos hasta a los que nadie esperaba. Vemos futbolistas bromeando con la prensa como si estuvieran en una cascarita de barrio, risas en los entrenamientos, retos de TikTok y festejos dignos de una final de Champions.
Los políticos ya se subieron al tren del mame. Aficionados de todas las edades hacen volar a los periodistas al grito de “¿Y si sí?”. Vimos a personas de la tercera edad llorando en el Azteca y a gente en silla de ruedas pintada de verde. Y qué decir del homenaje a Ochoa… ese que fue tan cuestionado y hoy todos aplauden.
Todo eso está bien. Se vale. El futbol también es fiesta.
Pero ya. Se acabó el recreo.
Muy bien por el Vasco. Le dio confianza al grupo, movió sus piezas, probó variantes y los resultados lo respaldan: nueve de nueve puntos, cero goles en contra y el Azteca invicto. Darle minutos a todos fue inteligente; hoy no hay titulares intocables ni una banca resentida. Hay equipo.
Pero que no se nos olvide: esto apenas empieza.
Se vienen los dieciseisavos el rival será Ecuador. Y Ecuador no es Chequia. Ecuador no es Corea del Sur. Ecuador es un rival complicado, mañoso, sudamericano, de esos que corren los 90 minutos, saben jugar en la altura y te muerden los tobillos si te descuidas.
México no le gana a Ecuador desde 2007. Ya nos humillaron en Copa América. Tienen jugadores en Europa que no andan de vacaciones y no vienen al Azteca a tomarse la foto con el águila.
Por eso, pongámonos serios.
Serios los jugadores: que la bromita en la concentración no termine en tragedia en la cancha.
Serio el cuerpo técnico: que el “le di minutos a todos” no sea la excusa del fracaso.
Serios los políticos: bájenle al palco y súbanle al país.
Serios nosotros, la afición: que el “ya ganamos” no sea el epitafio de otro Mundial.
México ya demostró que puede jugar bonito. Ahora tiene que demostrar que no se achica cuando la cosa se pone difícil, cuando el rival exige, cuando el margen de error es cero y el país entero está observando.
Porque en dieciseisavos no hay mañana. No hay “debuté a todos”, no hay homenajes. Hay vida o muerte. Hay gloria o infierno.
La fiesta estuvo buena. Hasta el Pato Merlín ya es marca registrada y todavía algunos traen confeti en la cabeza. Pero el Mundial no lo gana el que mejor baila o el que mejor festeja en la fase de grupos; lo gana el que tiene los tamaños de ponerse serio cuando a todos los demás les tiemblan las piernas.
Porque ¿Y si no…?
Si se pierde contra Ecuador en el Azteca y con todo a favor, prepárense para el infierno.
Vamos a ser la burla del mundo otra vez. La afición los va a destrozar, como cada cuatro años. Se va a escuchar nuevamente el “no sirven para nada”, “pechos fríos”, “juegan mejor mis sobrinos” o el “para qué tanto homenaje”. Van a quemar la camiseta, van a quemar al Vasco y van a querer quemar hasta al utilero.
Los memes van a durar cuatro años. Las televisoras van a pasar el resumen en cámara lenta por una década y todo lo bueno que se construyó hoy se irá a la basura.
Nueve puntos no sirven de nada si te vas en dieciseisavos. Cero goles en contra no sirven si te meten uno y te mandan a casa. El Azteca no pesa si te pesa la camiseta.
No hay punto medio. No hay “hicimos un buen papel”. O se hace historia, o se repite la maldita historia de siempre.
O son héroes, o los villanos de siempre.
Es hora, México. Pónganse serios, cabrones.


