“Arreglar el desarreglo de 93 años”.
Frase matona, sin duda.
La dijo Marco Rico, presidente de Morena en Hidalgo, en Huejutla, mientras anunciaba la integración de los 84 Consejos Municipales “en Defensa de la Transformación”.
El problema no es la intención, problema es el elenco.
La paradoja salta sola: pretender “arreglar” Hidalgo con buena parte de quienes ayudaron a descomponerlo.
Ahí están, reciclados con chalecos guinda, no pocos expriistas que hace apenas unos años defendían con el alma y la garganta al régimen que hoy juran combatir.
Algunos, incluso, fueron piezas cercanas al fayadismo, acaso el sexenio más cuestionado por opacidad, excesos y corrupción del que se tenga memoria reciente en el estado.
La política mexicana tiene larga tradición en cambiar colores sin cambiar prácticas, ejemplos repulsivos sobran y continúan más vigentes que nunca.
Y Morena parece haber perfeccionado el método: denunciar 90 años de abusos mientras incorpora, acomoda y protege a personajes formados exactamente en esa escuela.
Quizá ahí está el verdadero desafío de Morena, no organizar consejos municipales ni repetir consignas sobre soberanía nacional. El reto será convencer a la gente, “al pueblo”, de que el “segundo piso” no está siendo construido con los mismos arquitectos del derrumbe.
Porque una cosa es arreglar el desarreglo y otra, muy distinta, es pedirle a quienes rompieron la casa que ahora aparezcan como maestros de obra.


