La pelea por marcas entre el Comité Olímpico Mexicano (COM) y la CONADE deja al descubierto lo lejos que están los directivos de la realidad de los espacios deportivos.
Disputarse 20 millones de pesos por usar dos letras, las siglas “ON”, y obligar a que el evento se llame ahora “Orgullo Nacional” para 2027, muestra un pleito enfocado en el negocio del nombre y no en lo que verdaderamente importa: el deportista.
En medio de la bronca, la presidenta del COM, María José Alcalá, soltó que la CONADE debería “crear su propia marca”.
La ocurrencia preocupa. ¿A quién se supone que van a representar los atletas en el extranjero?, ¿a la CONADE o al COM? Ningún deportista entrena pensando en un logotipo de escritorio ni en defender a la comisión en turno; entrena para representar a México. Dividir el deporte por un litigio de siglas demuestra la enorme crisis directiva que vivimos.
La pregunta que cualquiera se hace es simple: ¿a dónde ha ido a parar el dinero de esa marca y de esas dos letras?, ¿en qué ha beneficiado a los atletas o a las instalaciones del COM? En nada.
Las pistas no se arreglan cobrando patentes ni las becas suben por pelear unas siglas. Ese dinero se queda en la misma burocracia que dice defenderlo, mientras los deportistas siguen pidiendo aventón o vendiendo cosas para poder competir.
Este pleito deja clara la escala de valores que lleva décadas en el deporte mexicano. Para los de arriba, las marcas y los nombres comerciales pesan más que el único apoyo real que sostiene al deporte en este país: el bolsillo de las familias.
Mientras las instituciones se pelean por unas letras, son los papás los que pagan inscripciones, viajes, entrenadores, uniformes, tenis y hasta médicos, supliendo la falta de un sistema organizado.
El cambio de nombre a “Orgullo Nacional” no puede quedarse como un simple trámite legal para no pagar. Tampoco ayuda la postura de Alcalá al insistir en que no quieren pelear, pero que la marca “cuesta y tiene valor”.
El mensaje para los directivos tiene que ser claro: el orgullo de un país no depende de un logotipo de cinco aros ni de las siglas de una oficina de gobierno.
El orgullo está en las familias que se la juegan por sus hijos y en los estados que, desde las regiones, ponen la infraestructura y el talento.
Ese orgullo no se registra; se gana con sudor en la pista y bajo una sola bandera: la de México.


