Sarampión, otra de las malditas herencias de López Obrador.
Entre más dura y obstinadamente el oficialismo defiende la gestión del expresidente Andrés Manuel López Obrador, más en evidencia queda como uno de los peores gobernantes que haya tenido este país en los tiempos modernos.
El caso más grave es el de la salud, monstruosamente conducida por el criminal Hugo López Gatell, quien decidió cambiar la ciencia médica por la política barata y rastrera.
Durante décadas, el país construyó —con disciplina técnica, inversión pública y una sólida vocación preventiva— uno de los sistemas de vacunación más robustos de América Latina.
Esa historia culminó en 2016, cuando México obtuvo la certificación de erradicación del sarampión, en el marco del reconocimiento regional otorgado por la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud para el continente americano.
Ese logro no fue casual, fue el resultado de campañas masivas de vacunación profesional, sin política pueblerina, casa por casa, de brigadas comunitarias, de registros epidemiológicos estrictos y de una narrativa clara: prevenir es más barato —y más humano— que curar.
Es una enfermedad extremadamente contagiosa, conocida, prevenible y evitable con una vacuna segura y eficaz que México ha aplicado durante generaciones.
El sarampión no “regresó solo”. Volvió porque se le dejó volver.
Por negligencia, corrupción o estupidez.
O todas las anteriores.


