La traición de Napoleón González

La traición de Napoleón González

En Morena se repite una consigna que no es retórica: no somos iguales. Esa frase, que nació desde abajo y se sostiene en la memoria colectiva de la lucha, obliga a revisar con lupa a quienes hoy buscan cobijo en sus filas y, más aún, pretenden ser presentados como “perfiles valiosos” para el movimiento.

Uno de esos nombres es Napoleón González Pérez, hoy secretario de Agricultura del gobierno estatal. Conviene que las bases morenistas recuerden —y que los círculos del poder no finjan amnesia— de dónde viene y cómo ha operado.

No hace muchos años, Napoleón era secretario general del Partido Encuentro Social (PES) en Hidalgo. En esos tiempos, Daniel Andrade Zurutuza encabezaba ese partido como diputado local y dirigente estatal. Desde ahí, el PES se permitió incluso confrontar públicamente a Andrés Manuel López Obrador, negándose a cualquier alianza con Morena por “diferencias doctrinarias”. Hoy, esas diferencias se evaporaron como por arte de magia.

Pero el problema no es el cambio de camiseta; en política eso es frecuente. El problema es cómo se transita. Dentro del PES, Napoleón González Pérez no destacó por construir estructura ni por fortalecer al partido desde el territorio. Su método fue otro: llevar chismes al centro, filtrar versiones y debilitar a su propio equipo.

La historia es conocida: Alejandro González Murillo, diputado federal y verdadero dueño de la franquicia partidista que en su momento dejó Miguel Osorio, recibió en el Congreso de la Unión “informes” demoledores sobre la supuesta inoperancia del comité estatal. El mensajero fue Napoleón. El resultado: un regaño público y humillante para todo el equipo.

Lo que Napoleón no midió fue que el propio González Murillo terminaría exhibiéndolo, dejando claro que el chisme había salido de su oficina y cuestionando que, en lugar de trabajar, se dedicara a intrigar. El choque fue directo. Daniel Andrade lo encaró, le reclamó la deslealtad y el conflicto escaló hasta provocar su renuncia. No por principios, sino por quedar evidenciado.

Este antecedente importa —y mucho— para Morena. Porque el movimiento no se construyó con operadores de escritorio ni con personajes que escalan a costa de traicionar equipos, sino con militancia, territorio y coherencia. En las bases morenistas hay memoria, y esa memoria sabe distinguir entre quienes caminaron con el pueblo y quienes siempre buscaron acomodo.

En su natal Huazalingo, la fama de cacicazgo de los hermanos González Pérez no es un invento opositor: es parte del relato local, del comentario cotidiano, de la experiencia directa de quienes han visto cómo se ejerce el poder como patrimonio personal.

Morena haría bien en escuchar a sus bases antes de validar trayectorias que no representan al movimiento. Porque abrirle la puerta a perfiles con historial de traición interna no fortalece al proyecto: lo dinamita desde dentro. Y en política, como en la vida, la memoria siempre alcanza a quienes creen que el pasado se puede borrar con un nuevo color de camiseta.

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