La obra pública es el lugar donde el poder decide si se ejerce para servir… o para servirse.

La obra pública es el lugar donde el poder decide si se ejerce para servir… o para servirse.

Ahí no hay discursos ni promesas de campaña.
Ahí hay dinero, decisiones y concreto.

La obra pública revela con una claridad brutal la verdadera naturaleza del poder:
si está al servicio de la gente o al servicio de quienes gobiernan.

Cada calle pavimentada, cada drenaje instalado, cada clínica construida representa una decisión política.   Pero también puede representar algo más oscuro: el punto exacto donde el poder decide si sirve… o se sirve.

La obra pública como epicentro del poder político

En México, una parte considerable del presupuesto público termina convertida en obra.

Carreteras, sistemas de agua, escuelas, hospitales, parques, mercados.

La infraestructura define el desarrollo de un territorio durante décadas.

Pero esa misma concentración de recursos también convierte a la obra pública en el espacio más sensible del ejercicio del poder.

No es casualidad que los mayores escándalos de corrupción en América Latina hayan estado ligados a la construcción.

El economista Susan Rose-Ackerman, una de las mayores especialistas en corrupción gubernamental, lo explica con claridad:  los contratos de infraestructura son particularmente vulnerables porque combinan tres elementos explosivos:

• Grandes montos de dinero

• Discrecionalidad administrativa

• Baja capacidad de supervisión ciudadana

En otras palabras: mucho dinero, pocas miradas y demasiada tentación.

El punto donde comienza la corrupción

La corrupción en la obra pública no empieza cuando se roba dinero.

Empieza mucho antes.

Empieza cuando:

• Se decide qué obra se hará y cuál no

• Se inflan los presupuestos

• Se diseñan licitaciones hechas a la medida

• Se fragmentan contratos para evitar competencia

• Se simulan concursos que ya tienen ganador

En ese momento la obra deja de ser un instrumento de desarrollo y se convierte en un negocio político.

El sociólogo Manuel Castells ha señalado que las redes de poder contemporáneo operan precisamente en ese tipo de espacios: donde el control de los recursos públicos permite construir redes de lealtad, financiamiento político y enriquecimiento personal.

La obra pública no solo mueve cemento.  Mueve poder.

El problema no es técnico: es político

Muchas veces se presenta la obra pública como un asunto técnico.

Ingenieros.
Presupuestos.
Proyectos ejecutivos.

Pero la decisión fundamental nunca es técnica.  Es política.

Decidir dónde se construye una carretera o qué comunidad recibe drenaje implica definir quién importa y quién puede esperar.

Y esa decisión revela la verdadera jerarquía del poder.

Cuando la obra pública se utiliza para resolver necesidades reales, el Estado cumple su función.

Pero cuando se usa para repartir contratos, financiar campañas o enriquecer redes de poder, lo que se construye no es infraestructura.

Lo que se construye es un sistema de corrupción institucionalizada.

La ciudadanía casi nunca ve el momento clave

El gran problema es que la ciudadanía suele enterarse demasiado tarde.

Cuando la obra ya está inaugurada.

Cuando la calle se vuelve a romper meses después.

Cuando el hospital nunca funciona.

Cuando el drenaje colapsa con la primera lluvia.

Pero la decisión clave ocurrió mucho antes: en una mesa de gobierno, en una reunión de gabinete o en un acuerdo político que nadie vio.

La filósofa Hannah Arendt advertía que el mayor peligro del poder no es su abuso espectacular, sino su normalización silenciosa.

Y en la obra pública, muchas decisiones cuestionables se han vuelto precisamente eso: normales.

El lugar donde el poder se desnuda

La obra pública es el punto donde el poder se vuelve visible.

Porque el concreto no miente.  O la obra sirve…  o fue una simulación.

O mejora la vida de las personas…o solo sirvió a unos cuantos.

Por eso la obra pública no debería analizarse solo desde la ingeniería o la contabilidad.

Debe analizarse desde la ética del poder.

Porque al final, cada obra construida es también una respuesta a una pregunta fundamental:

¿Para qué se ejerce el poder?

Para servir.  O para servirse   Y pocas cosas lo revelan con tanta claridad como la obra pública.

Comuna Poder Con Propósito

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