DE LA CUNA A LA CANCHA
Por Ricardo Zárate Ramírez.
Hay imágenes en el Mundial que se vuelven tendencia en cuestión de minutos. En el partido entre Países Bajos y Japón, el autor del gol japonés, Keito Nakamura, no solo llamó la atención por su juego, sino por un detalle visual que cada vez es más común en las canchas del mundo: jugaba con las calcetas completamente abajo, casi a la altura de los tobillos, revelando unas espinilleras diminutas que apenas cubrían una pequeña parte de su pierna.
Aunque para muchos jóvenes esto se vea “con estilo” o moderno, la realidad es que Nakamura está poniendo un mal ejemplo mundial que seguramente dividirá opiniones.
No se trata de un simple capricho estético. El uso de espinilleras es una obligación absoluta estipulada en la Regla 4 del reglamento de la International Football Association Board (IFAB). La norma señala claramente que este aditamento debe estar fabricado con un material adecuado, tener un tamaño apropiado que proteja de manera razonable y quedar completamente cubierto por las medias. Sin embargo, la regla añade un vacío peligroso: “Los jugadores serán responsables del tamaño y la adecuación de las espinilleras”.
Lo anterior lo consulté directamente con el ex árbitro internacional Arturo Brizio Carter para la elaboración de esta columna.
Hecha la ley, hecha la trampa. Inspirados por figuras como el inglés Jack Grealish o ahora el propio Nakamura, miles de futbolistas profesionales y amateurs optan por usar mini espinilleras, algunas del tamaño de la palma de una mano o incluso más pequeñas, y lo peor, hechas con material que nada protege. Los jugadores argumentan que así tienen mayor ligereza, comodidad, mejor transpiración en la pantorrilla y total libertad de movimiento.
El problema es que la física y la medicina deportiva no entienden de modas. Llevar protectores diminutos aumenta el riesgo de sufrir lesiones graves en la tibia. Al cubrir menos área, la capacidad de dispersar la fuerza de un impacto se reduce a casi nada, dejando zonas completamente vulnerables a fracturas, hematomas profundos y cortes severos ante un pisotón o una patada directa. Lo que se gana en comodidad, se arriesga en salud.
Esta discusión no es nueva en nuestro balompié. Hace más de tres décadas, el chileno Juan Carlos Vera -recordado por su talento en Pumas y su paso por Pachuca- impuso esa misma moda en las canchas mexicanas al jugar con las calcetas abajo, un estilo que el reglamento de la época terminó frenando por cuestiones de uniformidad y seguridad.
Hoy, los expertos médicos son claros: una espinillera correcta debe cubrir desde dos dedos por debajo de la rótula hasta justo por encima de la flexión del tobillo. La tecnología actual permite fabricar protectores anatómicos hechos a medida con materiales como la fibra de carbono, que ofrecen una superficie de protección máxima sin ser voluminosos ni pesados.
Ver a las estrellas del Mundial competir con las piernas desprotegidas manda un mensaje equivocado a los niños y jóvenes que intentan imitarlos en los torneos locales y canchas de barrio, donde las patadas suelen ser más duras y el arbitraje menos estricto.
El futbol es un deporte de contacto y la estética jamás debería estar por encima de la integridad física. Es momento de que las ligas y las federaciones cierren este vacío reglamentario antes de que la próxima gran fractura nos recuerde, de la peor manera, para qué sirven realmente las espinilleras.


