La violencia digital por la tauromaquia.
Intolerancia en ambos bandos, protaurinos y antitaurinos, sin duda.
Sin embargo, en los aficionados a la tauromaquia hay, además de intolerancia, un dejo de soberbia, una agresiva imposición de que su idea, su opinión y la de nadie más es la única válida.
Baste ver los comentarios en espacios periodísticos en los que se informa, u opina, sobre el debate entre quienes defienden una industria millonaria y quienes defienden el respeto a un animal, ya reconocido -les guste o no- como un “ser sintiente”.
La mayor muestra de intolerancia fue la amenaza de un colectivo taurino de proceder legalmente en contra de una servidora pública que no comulga con la práctica taurina.
Otra, los insultos hacia medios de comunicación y periodistas que decidieron tomar una postura y defenderla con el derecho que así les asiste.
El no comulgar con esa práctica, un pingüe negocio que, efectivamente, es el sustento de mucha gente, te convierte en alguien “sin objetividad”, “sin conocimiento”.
La abulia de las autoridades y de legisladores que mantienen en la incertidumbre la iniciativa de ley que prohibiría las corridas de toros han fomentado ese debate áspero, agresivo, que en cualquier momento puede pasar de las redes a la calle.
Defínanse, no importa que violen -o no- los documentos básicos y principios de los partidos políticos a los que pertenecen, tomen el tiro por los cuernos y dejen de lado la tibieza blandengue de quien no quiere quedar mal con nadie.
La ley es la ley, y no admite parsimonias electorales ¿o no?


