La democracia no termina en el voto: la ciudadanía que vigila también gobierna

La democracia no termina en el voto: la ciudadanía que vigila también gobierna

Por: Yarely Melo Rodríguez

Durante mucho tiempo se nos enseñó que participar en democracia consistía en votar y después confiar. Elegir representantes, delegar decisiones y esperar a que el poder actuara correctamente.

Ese modelo hoy es insuficiente.

No porque la ciudadanía sea conflictiva, sino porque el poder sin vigilancia tiende a cerrarse sobre sí mismo. La experiencia cotidiana en los gobiernos locales lo confirma: cuando nadie pregunta, nadie explica; cuando nadie exige, la rendición de cuentas se vuelve una formalidad.

Aquí aparece una idea incómoda, pero necesaria:
la ciudadanía activa no es la que aplaude, sino la que observa, cuestiona y pide razones.

Pierre Rosanvallon, comento que la democracia contemporánea no se sostiene únicamente en el voto, sino también en una ciudadanía que ejerce vigilancia permanente sobre el poder. No se trata de desconfiar por sistema, sino de practicar una desconfianza activa, informada y responsable.

Votar, entonces, no es el final del proceso democrático.
Es apenas el inicio.

Cualquier nivel de poder se incomoda frente a la observancia ciudadana. No por una razón moral, sino estructural. La vigilancia rompe el marco de control bajo el cual fue diseñado el sistema: un modelo que espera obediencia periódica, no cuestionamiento constante. La democracia fue pensada para ser validada en las urnas, no examinada todos los días.

Cuando la ciudadanía pregunta por el presupuesto, revisa una obra, solicita información o exige explicaciones, altera ese equilibrio cómodo del poder. No porque su actuación sea ilegítima, sino porque introduce fricción en los márgenes de discrecionalidad que durante años se normalizaron.

Y hay una verdad incómoda que explica la reacción defensiva de muchos gobiernos:
nadie teme a la vigilancia cuando todo se hace correctamente.
La incomodidad aparece cuando la observación puede revelar errores, omisiones o decisiones no expuestas al escrutinio público.

Por eso, el problema nunca es la ciudadanía que vigila,
sino el poder que no fue diseñado —o no quiso aprender— a rendir cuentas.

La vigilancia ciudadana no sustituye a las instituciones, las obliga a funcionar.
No debilita al Estado, lo fortalece.
No genera ingobernabilidad, genera responsabilidad.

En el ámbito municipal, esta idea es clave. Ahí donde el poder es más cercano y las decisiones impactan directamente en la vida cotidiana, la ciudadanía informada se convierte en el primer contrapeso real. No desde la confrontación estéril, sino desde el conocimiento y la exigencia legítima.

Una democracia madura no teme a las preguntas.
Les da cauce, responde con información clara y acepta el control social como parte del ejercicio del poder.

Reducir la participación ciudadana al voto es empobrecer la vida pública. La democracia no se defiende solo en las urnas; se ejerce todos los días, cuando alguien se atreve a preguntar cómo y para quién se gobierna.

Porque vigilar al poder no es un exceso.
Es una responsabilidad democrática.

Yarely Melo Rodríguez

Poder con Propósito

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