“Ya no estamos en la selva”, dijo el alcalde Jorge Reyes. Ni cómo refutarlo.
Sin acudir a la demagogia ramplona y electorera tan arraigada en quienes integran el movimiento al que pertenece, el presidente municipal de Pachuca, Jorge Reyes Hernández señaló de forma directa y concreta que el clásico “charolazo” ya se terminó.
Tampoco se lanzó, como otros más de sus compañeros de partido, de forma cobarde y ratonera, a culpar a los medios que informan sobre lo que alguien públicamente dijo o hizo.
Con una sensatez poco común en alguien de su edad, Reyes Hernández puso el dedo en la llaga cuando señala el fin de esa práctica como salvoconducto para evitar sanciones cuando alguien infringió leyes o reglamentos.
En Pachuca, dice, durante años “todo mundo era influyente”.
Y sí, todos eran amigos del gober, del alcalde, del señor procurador y un largo etcétera.
El amigo, el vecino, el conocido, el “yo conozco a alguien” funcionaron como moneda de cambio para evadir la ley.
El alcalde defiende el actuar de los policías y subraya un punto que suele pasar desapercibido en la conversación digital: el contexto. La grabación muestra a un ciudadano que insulta, agrede verbalmente y se resiste, con un nivel de alcohol que explica —aunque no justifica— su conducta. Los elementos, sostiene, no faltan al respeto ni provocan la confrontación. Sin embargo, en redes sociales la narrativa se reduce a segundos editados, no a procesos completos.
Más espinosa resulta la discusión sobre la filtración del video. Reyes Hernández cuestiona con ironía: ¿cómo llegan esos materiales a los medios?
La respuesta es tan obvia como incómoda: alguien los comparte. Puede ser un ciudadano, un testigo o incluso un elemento de Seguridad Pública.
Pero el fondo del argumento es válido, hoy los policías graban para protegerse, porque cuando sólo hay una versión —la del video viral— la opinión pública suele dictar sentencia sin defensa posible para la autoridad.
El llamado final del presidente municipal no es menor: Pachuca no es la selva, pero se comporta como si lo fuera. Insultos por diez segundos de semáforo, intolerancia cotidiana, una ciudadanía que exige derechos sin asumir obligaciones.
Excelente reflexión, alejada de lo políticamente correcto y cercana a la realidad con que se debe gobernar.
No es ningún delito pasarse de copas, pero cuando se pasa uno de p…repotente, entonces la autoridad debe actuar en consecuencia.
Como ocurrió con “el perro” ese que ya se disculpó, con la cola entre las patas.


