Suponiendo…sin conceder.

Suponiendo…sin conceder.

En el México impune de la transformación que remplazó al oscuro y corrupto periodo neoliberal, el conflicto de interés no es una figura abstracta, ni un concepto ético sujeto a interpretación política. 

Es una definición jurídica clara, vigente y obligatoria. 

Claro, en la práctica cotidiana del poder, se le trata como si fuera solamente una opinión burda e incómoda o un interesado ataque mediático, de esos que llevan “saludos” de algún adversario político.

Eso, en las mentes con luces precarias, cuando en realidad es una advertencia legal previa al abuso del poder, a la trampa invisible.

El conflicto de interés no se pone por escrito, no se formaliza en un evento con fotos.

La Ley General de Responsabilidades Administrativas, en su artículo tercero fracción VI, es contundente: existe conflicto de interés cuando hay una posible afectación al desempeño imparcial y objetivo del servidor público por intereses personales, familiares o de negocios. 

Intereses personales, familiares o de negocios.

No exige un daño consumado, no pide pruebas de enriquecimiento ilícito ni espera a que el erario sea saqueado. 

Basta con que exista la posibilidad real de influencia, por ejemplo, digamos, un funcionario público que forma parte de un grupo o un comité en el que se planea una licitación, misma en la que va a participar una empresa cuyos socios tienen cercanía con él de amistad, de lazos familiares. 

Y como ese, muchos ejemplos más. 

Ese es el punto que muchos funcionarios fingen no comprender, el conflicto de interés se configura antes del acto de posible corrupción. 

Por eso la ley obliga a excusarse, a declarar intereses, a abstenerse de intervenir.

Pero hay mentes precarias que provienen del juniorato que no pueden comprender esos límites.

«¿No les gusta la ley? Cámbienla», dijo, por el contrario, una de las voces más sensatas y preclaras que el servicio público de Hidalgo haya registrado.

Pero no, les gusta más la sentencia del “líder moral”: no me vengan con que la ley es la ley.

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