Por Yarely Melo Rodríguez
Poder con Propósito
Hay despertares que no son emocionales: son políticos.
No ocurre de golpe. No es epifanía.
Es una reconstrucción lenta, profunda, silenciosa…
y brutalmente honesta.
Una mujer que se reconstruye ya no regresa a la versión domesticada que el sistema entendía.
No vuelve dócil.
No vuelve rota.
Vuelve soberana.
Esa soberanía personal no nace del triunfo, sino de la caída.
Nace de los duelos que nadie vio, de los silencios que nadie acompañó, de la fuerza que nadie reconoció.
Y, sobre todo, nace de un acto íntimo y radical: decidir que no vamos a traicionarnos nunca más.
Una mujer reconstruida es, para el poder, un enigma.
Ya no opera desde el miedo, ni desde la necesidad de pertenecer, ni desde la costumbre de agradar.
Opera desde algo mucho más peligroso:
la claridad.
La claridad incomoda, porque revela estructuras
En lo público, la mujer fuerte es tolerada… siempre que no cuestione el orden.
Pero cuando esa fuerza se vuelve autonomía, entonces la narrativa se voltea:
“distante”, “soberbia”, “fría”, “complicada”.
Lo que en realidad significa es:
incontrolable.
El espacio público todavía exige de nosotras ese equilibrio imposible entre ser capaces pero no demasiado, firmes pero no altivas, inteligentes pero sin desafiar, leales pero sin que nuestra voz pese más que la de los hombres que deciden.
Ese molde está diseñado para nuestra obediencia, no para nuestra libertad.
Una mujer que se reconstruye lo rompe.
Y cuando lo rompe, despierta los mecanismos disciplinarios del sistema: el aislamiento, el rumor, el juicio moral, la vigilancia sobre su carácter y sus decisiones.
Sororidad Selectiva
Hay un tipo de sororidad selectiva cuando golpean, a la figura de poder que conviene proteger. Pero cuando la violencia recaen sobre una igual, una par, una mujer sin padrinazgos… el silencio es automático.
Esa sororidad selectiva es también violencia.
Y es síntoma de algo más profundo: el miedo.
Miedo a perder un lugar.
Miedo a romper el pacto que garantiza supervivencia política.
Miedo a desafiar a los hombres que sostienen el poder real.
Miedo a reconocer en otra mujer la fuerza que aún no nos permitimos ejercer.
Pero una mujer que se reconstruye ya cruzó ese umbral.
Ya no necesita pertenecer.
Ya no pide permiso.
Y lo más inquietante para el sistema:
ya no se explica.
La reconstrucción es un acto de insumisión ética
El poder femenino no nace al llegar a un cargo; nace cuando dejamos de ser funcionales a un pacto que nos quiere obedientes.
La reconstrucción es la ruptura con:
- los pactos que hipotecan la conciencia,
- los afectos que inmovilizan,
- la culpa que disciplinaba,
- la versión de nosotras que encajaba, aunque nos asfixiara.
Ese proceso no te aísla.
Te afina.
Y lo que se afina se vuelve filo.
Un filo que incomoda a quienes se beneficiaban de tu silencio, de tu duda o de tu fragilidad.
El poder que nace del dolor no retrocede
Hay un momento —y muchas estamos ahí— en que la mujer que sobrevivió es mucho más poderosa que la mujer que obedecía.
Ese poder no se mide en cargos.
Se mide en convicción.
En autonomía.
En la capacidad de mirar a la cara al sistema y decir:
“No más.”
Porque cuando una mujer se reconstruye, el sistema lo siente antes que ella misma.
Lo siente en tu voz.
En tu postura.
En tu forma de entrar a una sala.
En tu decisión de no negociar tu dignidad por pertenecer.
Y ese es el punto exacto donde empieza a incomodarse.
Si este texto encuentra a una mujer herida o cansada
Quédate con esto:
No estás sola.
Y no estás rota.
Estás en proceso.
Y el proceso es poder.
Reconstruirte te vuelve peligrosa para el sistema que te quería débil.
Pero profundamente poderosa para las mujeres que aún buscan su voz.
Nuestro poder incomodar.
Y precisamente por eso, desde hoy,
nunca más retrocede.
Soy Yarely Melo
Abogada maestra en administración pública


