Suponiendo… sin conceder

Suponiendo… sin conceder

Manazos en el Congreso de Hidalgo. De Justo Sierra a Noroña y Alito: todo tiempo pasado fue mejor.

La caída de la estatura intelectual en la política mexicana.

En los albores del siglo XX, México contó con figuras cuya talla intelectual y política se fundían en un mismo perfil. Justo Sierra, maestro de generaciones, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, periodista y humanista, representaba un modelo de servidor público que veía en la cultura y la educación no un accesorio, sino el cimiento del Estado moderno.

Sus discursos, su prosa y su visión de país trascendían lo inmediato: pensaba en una nación que debía construirse sobre las aulas y las bibliotecas, no sobre la intriga partidista.

Ese linaje de funcionarios —intelectuales con sentido de Estado— marcó un horizonte de exigencia para quienes se asumían como representantes del pueblo.

Los debates en el Congreso eran cátedras públicas, verdaderos foros de ideas donde se confrontaban proyectos de nación con erudición y profundidad.

Ser político implicaba ser lector, escritor y orador: un oficio de la palabra, el argumento y la formación.

Ahí están, como ejemplo, Alfonso Reyes, quien desde las letras y la diplomacia proyectó a México con una visión cosmopolita y profunda; José Vasconcelos, que convirtió la educación en una epopeya nacional; o Daniel Cosío Villegas, intelectual riguroso que no dudó en poner el dedo en la llaga de los abusos del poder.

Rosario Castellanos, cuya voz feminista e intelectual resonó como conciencia crítica de su tiempo; Carmen Romano, que impulsó la cultura desde espacios institucionales; y Rosario Green, diplomática y académica que honró el servicio público con visión global.

Pero la política mexicana, en lugar de mantener esa exigencia, se degradó al compás de la cultura del espectáculo y el clientelismo electoral.

 El peso de las ideas fue sustituido por la estridencia del grito, del insulto televisado, del “trending topic”, entre más vulgar, más socorrido.

 La capacidad de articular proyectos cedió paso a la habilidad para improvisar frases hirientes o negociar prebendas.

El contraste es brutal: de un Justo Sierra que aspiraba a formar ciudadanos críticos, hemos pasado a un Gerardo Fernández Noroña cuya “tribuna” se sostiene en descalificaciones, victimismos y arengas huecas. Donde antes había oratoria razonada, hoy hay furia teatral.

Donde antes se discutían modelos educativos o filosóficos, hoy se capitalizan likes con vulgaridades que aspiran más al aplauso instantáneo que al legado.

En el otro extremo, la degradación también se manifiesta en figuras como Alejandro Moreno Cárdenas, “Alito”, emblema de la política de sobrevivencia y del pragmatismo sin convicciones, apologético de la bravata cantinera.

La crónica de nuestra vida pública exhibe, pues, un deterioro en la talla intelectual de quienes gobiernan y legislan.

No se trata de idealizar el pasado -o quizá sí- ni negar que en cada época hubo mediocridades, pero la brecha entre los referentes de ayer y los personajes de hoy es alarmante.

La política dejó de ser el espacio donde las élites intelectuales discutían el rumbo del país, para convertirse en un escenario donde se premia al más ruidoso o al más hábil en la simulación.

México enfrenta un vacío de pensamiento en su clase política: hemos pasado de las cátedras de nación a los espectáculos de tribuna.

El problema es que ese vaciamiento no solo erosiona el debate público, sino que empobrece la vida democrática: un país sin ideas en sus líderes es un país condenado a caminar a tientas.

En Hidalgo, verbigracia, los diputados Asael Hernández Cerón y Jorge Mayorga Olvera, cuya preparación académica es precaria y el dominio del lenguaje apenas elemental, discutiendo a manotazos y jaloneos en plena sesión.

Una misma tribuna legislativa que admite semejantes contrastes de nuestra inverosímil democracia.

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